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Los niños del coro: reconocimiento en el día del profesor.

lineasdetextosEste fin de semana no he podido dejar de “likear” algunos estados, fotos, gif y enlaces que hacen referencias a la celebración del día del profesor. Entre todo lo “audiovisto”, repasé algunos trocitos de películas sobre el tema, de esas que sirven de inspiración, dicen. El Profesor (2011), Escritores de la libertad (2007), La lengua de las mariposas (1999), Mentes peligrosas (1995), La sociedad de los poetas muertos (1989), yo me quedé con “Los niños del coro” o “Los coristas” (2004).

 

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mposible no recordar en este film al primero “La jaula de losabarbaran4 ruiseñores” (1945), que trata la misma historia de esta versión del 2004, y pensar en la diferencia de aquella otrora enseñanza con la de hoy en día. El discurso que siempre escucho es uno que NO like: “La enseñanza de hoy no es la misma de antes, ahora es pésima”. Incluso es fácil encontrar estados, publicaciones u opiniones de quienes piden “mano dura” con los estudiantes, que falta más disciplina y “castigos ejemplificadores”. Por último, no me extraña el remate de otros que dicen “¿y cómo a mí me castigaban y no quedé traumado?”.  Cosas por el estilo.

Pues en este relato, la diferencia no la hace ni el tipo de castigo, ni la forma en que crían los padres, ni que el establecimiento sea laico o religioso, particular o público. La diferencia la hace el profesor. De eso se trata esta historia inspirada en hechos verídicos, ambientada en la posguerra y que reúne muchas características que nos ayudarán a comparar realidades.

En “Los coristas”, los roles principales son definidos en tres personajes: el primero es un afamado Director de Orquesta, llamado Pierre Morhange, quien abre la escena en el presente, cuando le anuncian el fallecimiento de su madre. Luego del funeral en su pueblo natal, un ex compañero de escuela -Pépinot-, lo visita para entregarle un antiguo cuaderno que contiene anotaciones de Clement Mathieu, profesor y preceptor por un período en el internado “Fondo del Lago”, lugar donde los dos estudiaron de niños. La voz en off de Mathieu comienza a leer dichas anotaciones haciendo un retroceso temporal:

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Era el año 1949, en Francia. Este profesor de música llega a un internado que acoge a niños desde ocho a trece años con problemas de aprendizaje limítrofe y de conducta. La mayoría son huérfanos o bien hijos de madres viudas o solteras, que sobreviven de lo poco que ha dejado en pie el efecto devastador de la guerra. Tal era el contexto en el que Clement llega a ocupar la plaza de otro maestro que ya no puede soportar tal situación. Él lo toma con entusiasmo, pero pronto se da cuenta que será difícil trabajar en aquel lugar, porque como profesor difería del todo con el proyecto educativo del colegio.

Para comenzar, el sistema se adscribía al positivismo (estructaralismo), por lo tanto, se utilizaban métodos “científicos” en el tratamiento del comportamiento de los niños. La premisa: “toda acción conlleva a una reacción”, que en realidad era castigar en forma arbitraria e incluso injusta a los internos. Existía para esto el antiguo régimen implementado en los internados del siglo XVIII que, en palabras de Foucault (1992), combinaba tanto los sistemas dominadores como los de disciplina. Más específicamente, tres instrumentos permitían el éxito del poder disciplinario.

morhangeEl primero es el de la vigilancia jerárquica, que tiene como origen y modelo al campamento militar. Este se ve reflejado en el encierro obligatorio de los niños y cuando el director los hace formar en filas alineadas al toque de una campana en el patio. El segundo es el poder disciplinario y su respectiva sanción normalizadora, que son parte de la micro-penalidad que reina en el interior de todos estos sistemas: se observa en la frase que utilizan tanto director como profesores de “cada acción tiene una reacción”, aclarando que la reacción será necesariamente violencia de tipo físico o bien psicológica. En tercer lugar, el examen como instrumento que combina las dos técnicas anteriores: la inspección jerárquica y la sanción normalizadora, es “una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar” (1992). Lo que se ve en esta película sobre todo al momento de ser sometidos a evaluación por parte del director, pues lo que hace es utilizar los contenidos preguntados como medio para sancionar el comportamiento de los internos.

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Resumiendo, Foucault asegura que estas prácticas sistemáticas producen “cuerpos dóciles” a los cuales se les puede ejercer tanto el poder como la construcción del saber que las instituciones estimen convenientes. Lo que se condice con que estos niños sean condicionados al refuerzo negativo físico, tanto en labores domésticas arduas, o peor aún en golpes o encierros en celdas donde quedan incomunicados. Sin contar claro está, con el agravio que sufren como personas al ser castigados, acusados y humillados en público.

El nuevo profesor advierte el sistema de vigilancia y castigo al que son sometidos los estudiantes, lo que no le deja indiferente, pues su modalidad es distinta: él cree que existe otro tipo de solución a los conflictos, por medio del diálogo. Se asombra de que una de las formas que tengan para castigar sea encerrarlos en la celda oscura. Mientras los otros jóvenes deben realizar arduas labores domésticas no aptas para su edad y así pagar su estadía en aquel lugar.

A pesar de esto, los estudiantes tienen mucha “energía de reserva”, es decir, siguen siendo inquietos y hacen muchas travesuras. Por eso Mathieu cree podría servir un experimento que se propone realizar con el curso asignado por el director del internado. Él hace una prueba de los registros de voz de los niños y los clasifica para así formar una escolanía. Frente a esta nueva actividad en la que salen del parámetro de sometimiento, los estudiantes son capaces de cambiar sus determinaciones de vida, es decir: su profesor les proporciona una herramienta para el cambio a través de la confianza que deposita en ellos.

Ejemplo de esto también es cuando les pide que escriban su nombre y lo que quieren ser en el futuro. El sistema determinista de Rachín es anulado frente a la identificación del individuo y de sus proyecciones personales. Es decir, en palabras de Clement, los niños ¿son causas perdidas? Él no lo cree así, y finalmente, al tener que abandonar el internado, lo que recibe es el reconocimiento de quienes entendieron su sincera preocupación por entregarles no solo el conocimiento (lo que contribuye a adquirir habilidades para la vida) si no también afecto y cordialidad (que forja en valores).

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Curioso es que, al día de hoy, no haya cambiado en esencia esta educación determinista. Aún está instaurada la idea generalizada que no existe el llamado cambio en el que todos los actores interesados a nivel mundial han tratado de influir. Pero quizá los indicadores con los que argumentan sus aseveraciones son tomadas desde una perspectiva de resultados estandarizados, de sociedades que miden el éxito a través del nivel de ingreso per capita. Con no menos atención, desde mi experiencia, escucho el discurso de autoridades que aseguran que la educación ayudará a salir de la pobreza a las familias chilenas, políticas de estado de casi principios de siglo pasado en nuestro país.

No obstante, no todo es tan negativo: casi diez años atrás (2005) se hizo un estudio en escuelas que fueron investigadas por sostener buenos resultados de aprendizajes, pese a tratarse de lugares con constituyentes socioeconómicos vulnerables. UNICEF y el Ministerio de Educación tomaron como muestras lugares de enseñanza que no tienen diferencias en general con el resto del mismo contexto: cursos sobrepoblados o integrados por alumnos de distintas edades, alumnos con ritmo de aprendizaje muy diversos, padres que no brindan suficiente apoyo a sus hijos en el proceso educativo, entornos violentos que amenazan la seguridad de docentes y alumnos por igual. Pese a ello hay instituciones que son capaces de lograr resultados que superan el rendimiento de escuelas con mayores recursos y alumnos con menos carencias.

Lo que nos lleva a pensar entonces, si acaso uno de los factores preponderantes sea el nivel de compromiso del docente, su carisma y sus ganas de enseñar. Pero esto suena al discurso idealizado, precisamente al que se cuelgan las películas para gatillar la emoción y la emotividad. En ellas no están en tela de juicio los recursos asignados por el Estado, ni las leyes, ni planes ni programas, ni la gestión del director, ni la participación del resto de la comunidad educativa. Solo existe el profesor “bueno” a pesar de todas las vicisitudes. Si existen escuelas modelos, son las menos y no todos los estudiantes pueden acceder a ellas.

De fondo, mientras escribo, escucho Vois Sur le Chemin: “Mira en tu camino/los niños perdidos, olvidados/ dales la mano/ para encaminarlos hacia otro mañana”, musicahermosas y limpias voces y recuerdo un día de escuela con piso de madera en que mi profesora de primero básico nos hizo cantar fuerte, con energía, una canción de Mistral. Apareció por la puerta la directora, pero en vez de llamarnos la atención por “el ruido”, nos felicitó porque sonaba muy bonito, nos dijo. Últimamente me consta que existen profesores que se dedican a construir en los niños estos gustos -las artes en general- que nos dejan recuerdos para el resto de nuestras vidas. Creo que hay mucho que hacer en materia educacional (obviamente cambiar y mejorar políticas públicas), pero por sobre todo contar con profesores, quiero decir, profesionales que estudian para impartir conocimientos, pero también investigan y tratan de realizar una metodología que implique un aprendizaje de habilidades para sus estudiantes. Un profesor que también sea educador, claramente.

Los niños se educan en casa, sí, porque esa educación no formal es la principal en nuestros primeros años de existencia, pero dado el ritmo de vida, a veces no es posible concretar esta enseñanza en forma “normal”. Me hace sentido entender el contexto de la película por esto y creo que anteriormente no existía esta “normalidad” en el tipo de educación impartida, ni en los contextos socioculturales, tampoco en las familias de donde provenían. Claro, podríamos mencionar muchos más autores, aparte de Foucault, para complementar nuestra opinión y decir que por lo mismo el cambio debe venir del docente. Pero esto lo digo con la responsabilidad de quien ha elegido la carrera pedagógica como una forma de aportar en la comunidad.

Ayer fue el día del profesor en Chile. No todos los profesores pertenecemos al Colegio de Profesores que el 16 de octubre de 1974 se creó bajo un decreto en plena época de dictadura militar. Espero que el reconocimiento sincero que han recibido muchos y que también han entregado, provenga del ejercicio de la reflexión y de la necesidad de realizar los cambios necesarios para hacer de esta una sociedad más sana. Esto se logrará solo si creemos en las capacidades de nuestros alumnos: si dirigimos sus voces y potenciamos sus ansias de crecercropped-path3761.pngEl Sismógrafo.-


Referencias

Foucault, M. (1992). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI.

UNICEF (2005) http://unicef.cl/web/guia-de-apoyo-para-profesores-y-profesoras-buenas-practicas-para-una-pedagogia-efectiva/

 

Bárbara Riveros Muñoz
Profesora de Educación Media en Castellano y Comunicación

Profesora de Educación Media en Castellano y Comunicación
Diplomada en Emprendimiento y Liderazgo
Licenciada en Educación
Facultad de Educación y Humanidades
Departamento de Artes y Letras Universidad del Bío-Bío.

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