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Pezoa Véliz, la voz de los sin voz

lineasdetextosResulta interesante saber que hace hace más de un siglo, un escritor chileno nos dejó un legado poético que al día de hoy nos entrega el sentido crudo de nuestra realidad social. Pezoa Véliz en el siguiente artículo, es estudiado desde la interrelación de lo literario y lo sociocultural, dado su profundo conocimiento de la marginalidad, lo popular y lo nacional. Sin duda lo que hizo mella en un alma sensible, un oído atento a la voz de los sin voz.

 


e2danil objetivo del presente trabajo, es dar a conocer cómo el poeta Carlos Pezoa Véliz se convierte en la voz del pueblo chileno desde el instante en que toma como temática los problemas sociales, políticos y económicos de la sociedad, pero de esa sociedad que no es tomada en cuenta, de los sin voz, de los marginados. Siendo así, el encargado de dar a conocer la realidad y angustia del sujeto socialmente olvidado, asumiendo un compromiso irrevocable con el sentir del pueblo, mostrando a través de su trabajo, los escenarios trágicos ante la miseria humana.

Trataremos entonces, las distintas formas en que el poeta aborda la marginalidad social, desde su propia realidad como sujeto, hasta su trabajo lírico. Es decir, en primera instancia nos enfocaremos en sus antecedentes biográficos, específicamente en su niñez y adolescencia, que según Ernesto Montenegro[1], son un componente fundamental, para que el poeta se convierta en el primero en introducir al pueblo y a los personajes populares de la realidad chilena, a la poesía.

Luego analizaremos su trabajo lírico, tomando y citando poemas que reflejan la realidad marginal vivida por el mismo poeta. De esta manera, demostraremos como el vate fue capaz de exteriorizar su propia realidad para intentar rescatar a la humanidad haraposa, desastrosa, esto es, niños vagos, campesinos sin rostros, transeúntes urbanos, enfermos abatidos, señoritas humildes, en definitiva, todos quienes buscan refugio en un Chile que los desconoce como seres auténticos y legítimos.

Daremos ciertos motivos o razones por las que posiblemente el poeta deja su hogar y empieza a realizar merodeos nocturnos con el propósito de alejarse de su realidad. En seguida, cómo esta necesidad de escape lo lleva a salirse de su casa de manera definitiva, buscando el refugio en las calles de Santiago, luego en las de Valparaíso y Viña del Mar, en donde presenciará el mundo de la marginalidad y todos sus porvenires en carne propia. Esto basado principalmente en el trabajo realizado por Antonio de Undurraga (1951) en su libro Pezoa Véliz: Biografía. Crítica y Antología.

Para dar a conocer con mayor detalle y énfasis el tópico que nos atañe, se reconocerá este en las distintas etapas del trabajo lírico del poeta, para ver cómo la marginalidad va sufriendo cambios y alteraciones durante su corta vida literaria. Los períodos a los que nos referimos están citados en un trabajo realizado por el doctor en Literatura por la Universidad de Chile e investigador en problemas del Pensamiento y la Literatura en América Latina, don Luis Hachim Lara, quien considera, para la organización del corpus del vate, tres períodos que llevan por nombre: Poesía Popular, que comprende desde 1899 a 1902; Poesía Nacional, del año 1903 a 1904 y la Poesía de la Modernidad o de interacción cultural de 1906 a 1908.

En los períodos mencionados, rescataremos aquellos poemas que representan en su mayor contenido, la voz del pueblo chileno y el mundo marginado, dando a conocer su primera publicación y un pequeño análisis con respecto a su temática y posible importancia que se le atribuya al poema estudiado. Para ello, nos basaremos en el libro Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) de Raúl Silva Castro y en los estudios realizados por Jaime Concha, con respecto al alejamiento que Pezoa manifiesta sobre la modernidad dariana.

Para finalizar nuestro trabajo, daremos a conocer a un Pezoa que es reconocido por otros autores como el iniciador de la poesía chilena, la voz representativa del pueblo y rescatador de nuestras raíces culturales y psicológicas. Para ello, será fundamental el trabajo de Ernesto Montenegro, tanto en Alma Chilena como en Mis Contemporáneos. Cabe destacar que en este apartado delimitaremos otra perspectiva de nuestro poeta, distinta de los demás escritores y estudiosos a mencionar, es decir, una opinión distinta sobre el trabajo realizado por Pezoa.

  1. Su niñez y adolescencia, primer acercamiento a la marginalidad:

Carlos Enrique Moyano Jaña, más conocido como Carlos Pezoa Véliz nació el 21 de julio de 1879, en un hogar humilde, sin abolengos, sin fortuna, sin entroncamientos que le abrieran paso por la existencia. Sus progenitores de diferente estirpe, su madre dedicada al servicio doméstico y su padre un inmigrante español. Los dueños de la casa en donde él vivía, don José María Pezoa y doña Emerenciana Véliz, un matrimonio sin hijos, de a poco se van encariñando con él, y concluyen adoptarlo. Es desde entonces, donde el poeta siente la injusticia de su nacimiento, pues su adopción le dio una casa, pero no afecto.

En este sentido, Ernesto Montenegro en Alma Chilena (1912) afirma: “Su educación es descuidada como la de todos esos pobres seres que se recogen de la calle, más por satisfacer una egoísta afección paternal que por los deberes que impone la verdadera paternidad” (p. 8). Como nació en un hogar humilde, gobernado por gentes toscas, Pezoa sufre, en sus primeros encuentros con el mundo y la realidad, agudos choques que pondrán a prueba su sensibilidad, puesto que constantemente sus compañeros de colegio lo molestaban por su traje, en el cual su madre se esmeraba, pero no cumplía los parámetros de la época. Con respecto a lo señalado, Silva Castro (1964) afirma que “la estampa que ofrece el futuro poeta es desmedrada a juicio de sus exigentes compañeros, y ello vierte amarguras en el espíritu del joven, amarguras que serán visibles sobre todo, andando el tiempo, en sus diarios íntimos” (p. 14).

El antologador de Alma Chilena (1912), en el prólogo nos explica la desesperanza de la adolescencia de Pezoa Véliz, marcada por sus vagancias nocturnas en las que conoce Valparaíso y Viña del mar. Luego por barrios lejanos, vive la pobreza de quienes habitan el jergón de las viviendas de favor, allí pasará hambre y frío como muchos en esa época. En definitiva, la falta de la autoridad paterna lo dejó librado a todas las rebeldías del instinto, al par que una educación descuidada lo empuja rudamente hacia la aventura del vagabundaje y los azares de la miseria.

Pero, ¿a qué se debió la falta de la autoridad paterna?, José María Pezoa, su padre, era arrendatario de uno de los tantos locales que se abrían a la orilla del mercado de San Diego, en el que se vendían zapatos, pañuelos, artículos rústicos de greda, braseros de hojalata y otras menudencias, además poseía en las inmediaciones de dicho mercado, un despacho de leña y licores, todo esto bajo la mirada diligente de doña Emerenciana Véliz. Como vemos, tanto el padre como la madre, están muy ocupados tratando de sostener el hogar humilde que han construido, por lo que no queda tiempo para el cuidado y educación de su hijo. Esta situación, refleja el hogar de una familia típica de clase media modesta, de horizonte estrecho, pues se vivía el día, con lo poco que daba el negocio del padre.

Esta realidad falto de cuidado y preocupación, podemos vislumbrarla y relacionarla con uno de sus poemas titulado Brindis Byroniano, dedicado a Pedro Antonio González, pues en algunas de sus estrofas hay cierta similitud con su hogar adoptivo y lo que este pudo haber sentido al interior de un hogar que no sintió como suyo, que lo llevó además a los merodeos nocturnos:

Mi hogar es la prisión que me consume. / La libertad no calma mi hondo anhelo. / ¿Dónde está ese placer que nunca abrume? /¿Dónde se halla el oasis de este suelo? / Busco en músicas tristes un sollozo / y solo hallo infernal monotonía, / y, cuando quiero estremecer de gozo, / me acribilla tenaz melancolía. / (…) / Soy un abofeteado de la vida, / que el Monte Nebo a remontar empiezo, / arrancando a mi guzla enmudecida / ¡la música salvaje del bostezo! (Guzmán, 1957, p. 36).

Otro motivo que pudo haber llevado al poeta a dejar su hogar y preferir pasar necesidades y pesares, es la mala relación que el vate, desde muy niño tuvo con su madre, que se ve reflejado en una parte de los diarios íntimos, escritos entre 1899 y 1900, en los que se dedica a contar los menudos episodios de aquellos malos entendidos. Uno de ellos procede de la falta de educación de la madre, alejada de las letras al igual que el padre, esta solo se afanaba a estirar el presupuesto lo que más podía. Hemos recogido una serie de confesiones que Pezoa realiza en su diario y que Undurraga (1951) rescata en su libro Pezoa Véliz: Biografía, crítica y antología, para demostrar de manera fehaciente lo propuesto:

He lamentado no ganar lo suficiente para retirarme de casa; abrigo la esperanza de vivir al menos bien con mi familia pero fuera de casa, en un cuartito-bohemio con mi muy amado Ignacio Herrera. Creo que en ese momento, (o suprimamos el creo, mejor) llegó Efraín; a él le dije que odiaba mucho a la casa y a mi madre (p. 35).

Me he levantado a las 7:30 de la mañana (nos dice el día 7 de noviembre) y he discutido con mi mamá, mucho. Me ha insultado con el lenguaje grosero de siempre. ¡Que se la lleve el diablo! Tomé desayuno y he llegado al colegio con un cuarto de hora de atraso. ¡Malo! ¡Cuándo tendré voluntad! (p. 36).

He ido a almorzar a mi casa. No hablé una sola palabra durante la comida. Están muy en la buena con mi papá; mala señal: cuando ellos están bien, desquita o desahoga, mi madre, sus instintos con mi humilde pellejo (p. 37).

Sin duda, las escapadas bohemias del poeta en su plena adolescencia, le permitieron presenciar aquello que rodeaba el mundo marginado, desprovisto de todo bien material y afectivo, que luego pondrá en evidencia en su poesía, haciéndose cargo de aquello nunca antes tratado ni tomado en cuenta, el pueblo.  En este sentido, Guzmán (1957) afirma: “Abatido por la bruma de los propios pesares, canta. Y su canto significa el canto de los oprimidos. Es un gran poeta en la medida que su voz es voz colectiva” (p. 14).

Ante este mundo injusto y cambiante durante su niñez y adolescencia, Pezoa se siente desamparado e intranquilo, falto de dinero entra de aprendiz de zapatero, pero algunos meses más tarde vuelve a casa. Al volver no se olvida de todo lo vivido, pues aquello que muchas veces lo atormentaba y dolía hace que despierte en él un interés literario y así ,mediante la poesía, expresa lo que lleva en su interior: el abandono de sus progenitores que sin refutar ni pelear por él lo dan en adopción, su falta de afecto, de ese cariño que todo niño desea y necesita recibir y su precariedad económica durante la adolescencia, “su poesía es en parte la consecuencia de este abandono. De haber tenido una familia y fortuna, sin tan contraria experiencia a cuestas, probablemente no gastara el empeño de escribir sus fantasías: le bastara con vivirlas” (Montenegro, 1968, p. 86).

Lo que señala Montenegro no es algo que podemos dejar de mencionar y analizar, pues explica el por qué Pezoa se convierte en la voz de los sin voz. Según su entendimiento y trabajo llega a la conclusión que este proceso empieza desde su niñez, porque él como ser individual inmerso en una sociedad como cualquier otro, vive en carne propia la marginalidad, por eso es capaz de representar e incorporar el pueblo marginado, pues él lo es también. Así, a través de su poesía, no solo da vida a estos seres olvidados, sino que además da existencia a su propia realidad y dolencias. Con respecto a esto, Nicomedes Guzmán (1957) afirma:

Sus afanes de superación material, en que se quiso, con no poca insistencia, observar una evasión desde las brumas ambientales vividas en la infancia y en la pubertad hacia un mundo refinado y selecto, le acercan, por rara simbiosis, a lo que, en definitiva, fueron la razón y el sentimiento, el esqueleto y la carnadura de su obra, siempre ruda, fuerte y conmovedora, y en la cual el desamparo y la angustia de todo un pueblo viven como en propio aposento. (p. 13).

Para ejemplificar lo dicho anteriormente, analizaremos uno de los poemas más conocidos del poeta y en el que se puede vislumbrar la incertidumbre de su juventud. Al poema que nos referimos se titula Nada, según Raúl Silva Castro publicado en la Lira Chilena, número 11 del 12 de marzo de 1904, sin embargo la versión que todos conocemos se debe a Montenegro, quien publica el poema en su libro Alma Chilena. Nada habla del hallazgo de un cadáver en la calle del pueblo, un joven que nadie conoció pese a que solía pasar por la ciudad, y que nadie parece echar de menos, por estar todos inmersos en sus propias preocupaciones:

Entre sus papeles / no encontraron nada…Los jueces de turno / hicieron preguntas al guardián nocturno: / Este no sabía nada del extinto; / ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto. / Una chica dijo que sería un loco / o alguien vagabundo que comía poco / y un chusco que oía las conversaciones / se tentó de risa. (Montenegro, 1912, p. 79).

En estos versos, podemos observar la indolencia colectiva ante la muerte de un individuo marginal, que no posee identidad, al no ser reconocido, circunstancia que también se da en el poema Entierro de campo, “Y allá en la montaña obscura / ¿quién era?, llorando pienso: / ¡Algún pobre diablo anónimo / que vino un día de lejos” (Guzmán,1957, p. 67).

Nos detuvimos en Nada, porque este ser marginal del que habla el poeta, es tratado con un aura de sentimentalismo que refleja un dolor y preocupación latente en Pezoa, pues él podría ser perfectamente el sujeto del poema. Idea que emana de las características físicas y psicológicas similares entre el poeta y el sujeto marginal del poema, “joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido, / siempre cabizbajo / (…) / algún vagabundo que comía poco” (Montenegro, 1912, p. 79), rasgos que Silva Castro (1964) resalta durante la niñez del poeta, “Por los años 1880 y siguientes rondaba en la calle, franqueando la puerta de su casa gris y vulgar, un chico pálido, muy rubio, de cabello ensortijado, cuyos ojos claros aumentaban la transparencia de su rostro” (p. 13)

Es así, como en su obra se ve reflejada su triste vida y la de aquellos seres con los que se relacionó en el submundo de la marginalidad social, la bohemia artística y la provincia. Cantó al mundo popular de Santiago, a la desnudez del campo, al hombre pobre, al vagabundo, al despojado, convirtiéndose de esta manera, en el más representativo de los poetas inspirados en la raíz y voz de su pueblo. Para demostrar esto y ahondar aún más en el tema de la marginalidad, presentaremos a continuación los distintos períodos de la vida literaria del poeta, en los que el tópico se hace presente de distintas formas.

  1. Períodos de la vida literaria de Pezoa Véliz

pezLos siguientes períodos que daremos a conocer y desarrollar, pondrá en evidencia el avance gradual del proyecto transculturador del poeta, dando así forma a una poesía de interacción cultural, que integrará el énfasis popular y el masivo, es decir, el cruce de lo popular, no solo desde el punto de vista rural sino que también del urbano.

  • Poesía Popular: 1899 a 1902

Este período implica las diez composiciones en décimas realizadas por el autor, bajo el seudónimo de Juan Mauro Bío-Bío y los poemas sociales y otros escritos hasta el año 1902. Las décimas publicadas bajo el formato de lira popular, según Raúl Silva Castro (1964), fueron escritas por Pezoa entre la primera mitad del año 1899 y el 22 de junio de 1902, el mismo año edita Nocturno en la revista Pluma y Lápiz, por lo que este también definirá esta etapa como popular. En este período se destacan poemas como, Noctámbula, El hijo del pueblo, En la poda, Oda a la Independencia de Chile, Cuento alegre, Aurorita y El perro vagabundo.

Las diez liras se titulan, Crimen de la calle del puente; El Dios de los poetas y el crítico Marsias; Famosa discusión entre el mono, el oso y el puerco; La entrega de la Puna de Atacama; Lamentos del cacique Huilá en la muerte de su esposa Cisnella; Latigazos para algunos poetas ratas de la literatura popular de Chile; Luctuoso suicidio en Victoria; Meneses viajando en una lancha de amor; Próximo fusilamiento en Iquique; Sangriento fin de Valdés Calderón.

En Latigazos para algunos poetas ratas de la literatura popular de Chile, Pezoa ya da indicios de lo que a él realmente le importa e intentará rescatar como poeta, esto es, al pueblo, al obrero que trabaja sin descanso para llevar el pan a su hogar y a aquellos que otros no han tomado en cuenta. De este modo,  critica duramente el trabajo de los poetas llamados hasta ese entonces, populares, quienes, según nuestro vate, no respetan al público en general:

Se alza aquí como poeta / Cualquier pillo o ganapán, / Y en su miserable afán / Nunca al público respeta. / Cómo solo le sujeta / Corrompiendo el corazón / Del digno y honrado obrero, / Cualquier imbécil logrero / Borronea una canción. / Yo haría una indicación / Yo daré mis latigazos / A aquellos explotadores, / Que engañan a sus lectores / Y fomentan el atraso (Silva, 1964, p. 178).

Otra lira digna de nombrar y analizar es Crimen de la calle del puente, pues en ella el vate da a conocer el mundo real de Chile, aquello que se quiere callar y ocultar, pero que él mediante su arte expresa sin tapujos ni reservas. Trabaja una crítica social desde un rol activo, tratando las diferencias sociales, políticas y económicas de nuestro país, que hasta el día de hoy son motivos de disidencia:

Como es natural en Chile, / Siendo pobres las actores, / A la cárcel los hechores / Y la herida al hospital! / Aun cuando el idiota sea / Un loco ya rematado / Y se encuentre comprobado / Que el pobre no es criminal. / En cambio los Matta Pérez, / Los Frascara y los Viniegra / Tienen la historia más negra / Y en el presidio no están. / ¡Ay de los pobres que en Chile / Una chaucha escamotearon! / Mas, los ricos que robaron / A pasear a Europa van!!! (Silva, 1964, p. 180).

Estas liras se diferencian de otras liras populares, en que las de Pezoa, radicalizan las temáticas de la poesía de tradición popular, alterando la intervención social de los sectores subalternos, privados de una efectiva enunciación en el espacio cultural ilustrado, pues no hay que olvidar, que la marginalidad cultural de los sectores populares se ve agravada por la incomprensión lectora de la mayoría de los sujetos, puesto que muchos eran analfabetos.

Es así, como la denuncia social, cultural y política tiene expresión en esta tarea nacional en el sentido de proveer un espacio de pluralidad no excluyente, debido a que integra al pueblo en general. También integra nuevos fundamentos como la reivindicación étnica que era prácticamente inexistente en la lira popular, puesto que el sujeto que interpelaba al sistema era siempre criollo.

Según Montenegro (1968), las revistas ilustradas La Lira Chilena y sobre todo, Pluma y Lápiz, acogían ensayos algo ingenuos sin duda, pero fervorosos de entusiasmo, señalando además que en el primer período de la vida literaria del poeta, se transparenta la influencia romántica de la época, la nota pasional, vibrante de erotismo y de amargura, que es la más insistente de todas. Sin duda, Montenegro se refiere a poemas tales como, El hijo del pueblo, Con un cadáver acuesta y El perro vagabundo, que forman parte de este período.

En El hijo del pueblo, publicada en La Ley el 15 de agosto de 1899, el poeta relaciona el sentido heroico con el culto de la lucha, esa lucha que cualquier individuo debe emprender en la vida para cumplir sus metas o sueños. Sin embargo, el título del poema es muy particular porque nos remite a un individuo que forma parte de ese pueblo que Pezoa quiere representar. A medida que avanza el poema, muchas veces con características narrativas, el sujeto va sufriendo alteraciones, de adolescente pasa a hombre y de hombre a anciano.

De esta manera, el poeta demuestra a través del transcurso del tiempo, de orden cronológico, cómo un hijo del pueblo, se lanza a la vida esperanzado, esperando que esta lo reciba y entregue de ella lo mejor de sí, pero a medida que pasa el tiempo, todas sus esperanzas se ven abatidas por la realidad en la que vive, llegando finalmente a odiar y sufrir las penas que la vida le dio:

Y allá va el soñador adolescente, / a subir un calvario… ¡y en su infancia! / con un mundo de sueños en la frente, / en medio de una noche de ignorancia. / (…) / ¡Y allá va el luchador… hoy ya es un hombre, / un hombre luchador que aún no alcanza / a ver entrelazadas a su nombre / las flores de su plácida esperanza! / (…) / Y allá va el luchador… Hoy es anciano, / y en su pecho solo hay odio y hastío. / En apóstrofe a Dios grita: ¡Inhumano, / pon fin a mi dolor…! ¡Tengo hambre y frío! / ¡Pon fin a mi dolor… que me devoran / las penas de esta vida tan amarga! (Silva, 1964, p. 188).

En Con un cadáver acuesta, es necesario señalar que muchos estudiosos de Pezoa, han recalcado el hecho de que los primeros versos de este poema constituyeron la primera forma de Entierro de campo, esto porque las variaciones de los primeros cuatro versos de estos poemas son mínimas, hecho que además se repite en su poema Cuento alegre.

Con un cadáver acuesta, comienza de la siguiente manera, “Con un cadáver a cuestas, / camino del cementerio, / meditabundos avanzan / los tristes angarilleros” (Silva, 1964, p. 193). En Entierro de campo solo se modifica el cuarto verso, en vez de decir, los tristes angarilleros, dice los pobres angarilleros, mientras que en Cuento alegre, no hay modificación alguna en estos cuatro versos, su alteración ocurre en el quinto y sexto verso, pues este dice “con sus faroles por guía / y las sombras de cortejo…” (Silva, 1964, p. 227), en vez de “Los faroles escudriñan; / las sombras van de cortejo” (Silva, 1964, p. 193) versos pertenecientes a Con un cadáver a cuestas.

Cabe destacar además, que es en este poema donde por primera instancia el poeta, se advierte literalmente como un perro, hecho que luego se enfatizará en el poema El perro vagabundo, “Acurrucado en la orilla / del camino, como un perro, / sintiendo voces extrañas, / sobresaltado, despierto, / y al impulso del instinto / de miedo y de frío… ¡tiemblo!” (Silva, 1964, p. 193). También, se vislumbra la forma en que el poeta trata el tema de la mendiguez, como máxima miseria humana, pues llegan a envidiar a los muertos que nada necesitan, es decir, el mendigo que solo espera la muerte para poder descansar de los pesares de la vida y dejar de ser un mendigo, “¡Desgraciados los mendigos / que envidiamos a los muertos, / porque ellos, al fin, encuentran / bajo de la tumba un lecho!… / ¡Y no son ricos del alma, / que llevan desnudo el cuerpo!” (Silva, 1964, p. 194).

En el caso de El perro vagabundo, publicado en Instantánea de Luz y Sombra, número 86 de noviembre de 1901, el dolor puro de la miseria adquiere una dimensión especial, pues como se dijo anteriormente el perro podría significar perfectamente, un ser olvidado, un marginal e inclusive el propio poeta. En este poema, se trata el mundo marginal de la manera más explícita posible, debido a que se da a conocer los tormentos y pesadumbres de un “perro” vagabundo que solo tiene como refugio las calles, plazas y ferias, en las que además busca sin descanso algún alimento. Su miseria es la misma que sufre un marginal, un vagabundo o mendigo, quienes dependen de lo que la vida les da.

Los siguientes versos, perciben el hecho de que este poema puede perfectamente tratar los pesares de un individuo marginado/vagabundo y no literalmente tratarse de un perro:

Cruza, siguiendo interminables viajes, / los paseos, las plazas y las ferias; / cruza como una sombra los parajes, / recitando un poema de miserias / (…) / Allá va. Lleva encima algo de abyecto. / Le persigue de insectos un enjambre, / y va su pobre y repugnante aspecto / cantando triste la canción del hambre. (Silva, 1964, p. 233).

Con respecto a este poema, Gelsic (1990) antologador de la poesía de Pezoa Véliz, plantea que el poeta consiguió dar forma a una poesía donde, por primera vez en Chile el hombre del bajo pueblo se vio expresado en su vitalidad herida y en el descarnado dolor y humillación de su existencia. Poesía que además era sin concesiones, a ratos brutal, que no disfraza la abyección ni el ámbito degradado de su asunto.

Así, en este primer período nos encontramos con un poeta que desde sus inicios plantea su preocupación por los temas que atañen y afectan al pueblo chileno. Trata de recoger las desolaciones y angustias de los marginados de la mejor manera posible, sin artificios ni sutilezas, es por eso que a veces, su lenguaje parece algo brusco, directo. Es en este período, donde el poeta desarrolla en profundidad y cabalidad el tema de la marginalidad.

  • Poesía Nacional: 1903 a 1905

Este período se justifica, porque Pezoa Véliz desarrolla un proyecto poético propio en la constitución de una identidad como opción, que sería una de las preocupaciones fundamentales en la cultura de la época. La poesía de Pezoa de esta etapa, fue vista por el sector conservador de la crítica como una poesía contribuyente al proyecto patriótico. Es por esto que el populismo se caracteriza por el empleo político de lo popular como definición de identidad nacional. Los poemas que representan este período son, Vida del puerto, El pintor Pereza, Nada, Teodorinda, Pancho y Tomás, El organillo, De vuelta de la pampa y Epístola de actualidad al intendente de la provincia.

Lo importante en estos años, es que el poeta contribuyó una poética de fusión que no solo cumplió con la recepción ilustrada, sino que reformó el imaginario patriótico de la época, descubriendo lugares de carencia. En otras palabras, el poeta llevó a los sectores ilustrados a tomar conciencia de que existían otras temáticas, entre ellas las étnicas, puesto que el sistema estaba muy lejos de integrar a las comunidades indígenas, siquiera como actores del drama social, cosa que ya había empezado a hacer con las liras del primer período. También incluye la temática de los marginados y que es la que nos atañe, por eso analizaremos los poemas, El pintor Pereza y El organillo.

En El pintor Pereza, publicado en la revista Santiaguina Chile Ilustrado, en febrero de 1904, el poeta muestra la realidad de un pintor que debido a su constante fatiga y otros pesares, no realiza su trabajo, no pinta, no piensa, no lee, porque esto le agobia, todo halla sin color, pasa así un año y otro, viendo pasar su vida sin hacer ni ser nada.

Su mal es el mismo de los vagabundos: / fatiga, neurosis, anemia moral, / sensaciones raras, sueños errabundos / que vagan en busca de un vago ideal. / (…) / Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia, / ¡Qué ha de pintar si halla todo color gris! /  Tiene hipocondría, tiene neurastenia / y anteojos de bruma sobre la nariz. (Silva, 1964, p. 249)

Es decir, un pintor que ni siquiera lo es, porque no realiza su oficio, aunque por el título del poema, podríamos decir que hace honor a su nombre, por lo que cumpliría a cabalidad su lugar en el mundo. En este sentido,  Undurraga (1951) afirma que:

En “El pintor Pereza”, nos ha legado el poeta la más vívida y cabal efigie de la neurosis bohemia, del trauma sentimental e intelectual del artista frente al mercantilismo sórdido, frente a una sociedad que solo tiene fe en la producción de la riqueza y que nunca ha meditado que el hombre está limitado por el tiempo y por el espacio para producir riquezas, siendo su felicidad solo en parte de índole material. (p. 251).

El organillo, fue publicado en la Lira Chilena el 2 de octubre de 1904, con una dedicatoria a Augusto Thomson. En este, el hablante asume el discurso con una narratividad pesimista, con respecto al sujeto que emigra de su mundo campestre, es decir, le duele la partida de un pueblerino, pues es consciente de la realidad ajena que deberá enfrentar el sujeto, en un mundo perdido, desconocido, por lo que este sujeto sufrirá cambios en su actuar. En definitiva, el poema nos presenta el desajuste irremediable del hombre que abandona su pueblo para irse en pos de sueños mejores, es una reflexión consecuente ante el proceso de inmigración campo/ciudad, “¡Pobre peón! Más tarde vino / a la aldea (¡adiós, montaña!) / y fue ladrón y asesino / con gente de estirpe extraña” (Silva, 1964, p. 257).

Por otro lado, este poema también nos presenta una imagen del pasado y las tradiciones, representando el dolor y la pérdida de la identidad:

El organillo le acosa… / ¿Y cómo quieres que calle / toda esa vida penosa / que a su paso no hay quien no halle? / Y el peón huye. La grosera / polca le sigue, le amarga, / mientras anda por la acera / que se estira larga, larga… (Silva, 1964, p. 257).

En este período, la marginalidad, no estuvo marcada tan explícitamente, como lo fue en el período anterior. Uno de los poemas en que más se puede distinguir este tópico es Nada, pero aquí no se interrelacionó, porque ya se analizó en el apartado de la niñez y adolescencia del poeta. Creemos en definitiva, que si bien no se resaltó el tópico, sí se vislumbra el interés del vate por las características y vivencias del pueblo chileno.

  • Poesía de la Modernidad o de interacción cultural: 1906 a 1908

Este período, se caracteriza por la mezcla de componentes constantes en la poesía de Pezoa y la necesaria relación de lo popular con el marco disciplinario de la cultura de masas. El cruce de lo popular, tanto en el ámbito rural como urbano se hace visible, y es evidente en las siguientes composiciones: Juan Francisco González, El lustrabotas, El fusilamiento de Dubois, Tarde en el hospital, y Alma chilena.

El cruce de lo popular hace que la poesía de Pezoa no se enmarque estrictamente al modernismo, como lo había planteado Ruben Darío, pues la finalidad de nuestro poeta es mostrar a través de su poesía aquellas calles en las que el pueblo marginado se mueve y habita. Entonces su poesía estará lleno de colores grises, mientras que la poesía de Darío se presenta llena de colores y grandilocuencia retórica y rítmica, pues le canta a esos parques llenos de armonía que están en medio de la miserable y fea ciudad.

En este sentido, Jaime Concha (1982) afirma que Pezoa, en la Plaza de la Miseria – la actual Plaza Echaurren de Valparaíso – capta el rostro multitudinario de cesantes, mendigos, ancianos, gente toda vencida y humillada por la vida. Nada de cromos azules, sino bocetos grises, casi oscuros, profundamente dolientes que está en los antípodas del arte de Darío, en la medida en que invierten el punto de vista de la riqueza y aplican elocuentemente la perspectiva y la visión de la miseria.

Así en la poesía de Pezoa, se aprecia un desesperado esfuerzo por elaborar nuevas formas que respondan a las exigencias del contexto de la época. Formas, en última instancia, populares, en que progresan nuevamente ciertas ramas de la literatura del siglo XIX, bloqueadas por la ruptura modernista. En este sentido, Concha (1982) señala que parece indudable que Martin Fierro llegó a ser una Biblia para Pezoa, aunque este manifestara ante el libro una actitud de cristiano más bien vergonzante.

Ante la exuberancia modernista, Pezoa reivindica el viejo romance, en su forma más arcaica, previa a la renovación dariana. Nada de rimas ricas ni de aristocracia léxica, sino rimas asonantes y pobres, pues el objetivo del poeta fue siempre demostrar de manera explícita, sin rodeos, la realidad y pobreza del pueblo marginado. En cuanto a la adscripción del poeta al modernismo, Antonio de Undurraga (1951) señala que Pezoa Véliz, pese a la admiración que profesa por la obra de Rubén Darío, se da cabal cuenta que precisa hacer algo distinto, muy distinto; que la renovación estará no en un cambio de formas, sino de fondo de ideas; en una nueva manera de ver la situación del hombre en función de la sociabilidad humana, de la sociedad, del pueblo y/o en función de su mero yo.

El mejor ejemplo de esto es, sin duda, Tarde en el hospital, uno de los más conmovedores entre sus últimos poemas. Este poema fue publicado en Sucesos el 29 de agosto de 1907 en Valparaíso y según Undurraga (1951), escrito por Pezoa en el Hospital Alemán de Valparaíso, en el Cerro Alegría, mientras curaban las fracturas y heridas recibidas con motivo de un accidente que sufrió en Viña del Mar, al ser aplastado por un muro, en el terremoto de 1906.

Esto quiere decir, que el poeta escribe estos versos desde su soledad y realidad vivida en aquel hospital, en los que nos muestra un panorama fantasmagórico y desolado. Desde allí, el poeta ve pasar las horas, divisa y escucha la lluvia, las colinas descender, las calles por las cuales muchas veces caminó y que, sin embargo, no volverá a transitar, pues posiblemente será un inválido. Por eso quizás solo mira y piensa “Y pues, solo en amplia pieza, / yazgo en cama, yazgo enfermo, / para espantar la tristeza, / duermo. / (…) / Entonces, muerto de angustia, / ante el panorama inmenso, / mientras cae el agua mustia, / pienso” (Silva, 1964, p. 282).

En el caso de Pancho y Tomás, la función popular del estribillo, deja de ser recurrencia armoniosa y musical, para convertirse en eco burlón, en reproducción a menudo estridente:

Y pasa un año y otro año, / otro año más y otro más… / Tomás vive solo, huraño; / el viejo no habla de antaño / porque ha tiempo duerme en paz. / Duerme… la tierra le oculta… / Duerme Teodora… ¡Dormid! / Dormid, que el tiempo os sepulta! / Gente pobre, vieja, inculta, / mejor es morir… Morid! (Silva, 1964, p. 254).

Para ilustrar y calibrar cuán lejos estamos del preciosismo modernista, es necesario recurrir a su poema El lustrabotas, publicado en La Comedia Humana, número 46 del 10 de febrero de 1906, en donde el arte del lustrabotas, de un humilde trabajador sub-proletario, permite contemplar las cosas desde abajo, es decir, poner la sociedad chilena sobre sus pies. El cielo modernista se desploma en ese instante, pues la perspectiva que se busca se sitúa exactamente a ras del suelo.

Desde el punto de vista temático, es evidente su carácter popular, debido a que resalta el quehacer de un oficio que en esa época era evidente en las calles de nuestro país, además de incorporar la estructura de una cueca en el poema. El poeta construye una recepción que involucra sensiblemente a todo chileno de la época, por el expediente de un niño que lucha en el duro mundo del trabajo:

Nadie como este chico / bravo entre bravos, / que nos lustra las botas / por diez centavos. / (…) / Por razones que aluden / a su trabajo, / se dice que es un tipo / del “pueblo bajo” / Y como en bajo gasta / su iniciativa, / es claro que el muchacho / nunca está arriba /  (…) / Sin ser hombre / de estirpe ilustre, / este chico a la Patria / da brillo… y lustre. / Porque a pobres y ricos / lustra las botas, / aunque estén rotas ellas / o no estén rotas. (Silva, 1964, p. 273).

Podemos apreciar que en este período el tema de la marginalidad es tocado sutilmente, pues lo importante no era gritar con euforia la realidad del pueblo chileno, como lo vimos en el primer período, sino que relacionar y converger las dos realidades presentes en nuestro país. Así, ambas se sustentan, formando un sentido nacionalista sin pretensiones altamente modernistas. Todo esto, porque el poeta siempre buscó la palabra exacta, sin artificios, para llegar de manera directa al lector.

  1. Pezoa Véliz, la voz del pueblo chileno.

Según Montenegro (1968), la renovación lírica de nuestro país se había iniciado unos años antes de que Pezoa empezara a escribir, el encargado de aquello había sido Pedro Antonio González, al que incluso llama el precursor de la independencia literaria en Chile. Con González el arte, al igual que en Pezoa, culmina por algo que hasta entonces se había negado, esto es, el esplendor de la forma, que en algunos poemas fragmentarios parece agotar nuestras capacidades bajo el aspecto y características del lirismo verbal.

Montenegro también rescata a autores como Sanfuentes, Blest-Gana, Lillo y Soffia, antecesores de González, que habían tomado las inspiraciones del ambiente idealizando sus escenas, pero sin mostrar un carácter individual o nacional a través de un lenguaje simple y sin color, que no representaba la realidad de Chile, pues sus obras eran más bien un reflejo del romanticismo francés del año treinta. Es decir, que se ayudaban de la palabra armoniosa para despertar las energías y entusiasmos de un pueblo en formación.

Pezoa a diferencia de los autores mencionados, influenciado por las circunstancias de su origen y de su corta vida, fue capaz de ver y sentir aquello que los otros no vieron ni sintieron, esto es, la angustia, pobreza, precariedad y realidad del pueblo chileno. Montenegro (1968) afirma:

Él vio de preferencia en el pueblo su fondo trágico, la angustia semi inconsciente de la pobre bestia humana, para ir madurando poco a poco una concepción a la vez más serena y más cordial, en que al fin el autor y los elementos de su canción se confunden en una entrañable armonía. (p. 81).

Sin embargo, el trabajo de Pezoa no fue fácil. Sus primeros versos muestran un lenguaje pobre e incierto, pero este a medida que pasa el tiempo, toma fuerza y precisión. Característica que marca  la originalidad del poeta, pues su franqueza, a veces cruel y a veces brutal, son la expresión de su sentir y pensar, y es además el reflejo latente de aquella poesía que nos llevó a realizar este trabajo. Por lo tanto, es en el primer período de su vida literaria -marginal- en donde su lenguaje es directo y pujante.

Pezoa, perseguía la palabra justa con una tenacidad que llegaba a transmitir el dolor que se reflejaba en el poema, de este modo el poeta podía vaciar la realidad palpitante en nuestro país en unas líneas breves, sobrias y enérgicas, “sus giros caprichosos, sus salidas sarcásticas, estaban ya en sus desahogos habituales, y en sus humoradas oyese todavía el eco de su risa, estridente, empapada en mordacidad y cortada de pronto por quién sabe qué histéricas reacciones de amargura” (Montenegro, 1968, p. 84).

Mario Rodríguez (1960), reconoce que en la época en que Pezoa Véliz escribió y dio a conocer su producción poética, sus versos constituían una nueva manera de poetizar:

Esta nueva manera de poetizar de Carlos Pezoa Véliz, es lo que lo define y lo estructura como uno de los mejores poetas de su generación, y aún más, como el único lírico chileno que ha cantado a un tema antes despreciado, hoy día olvidado: el alma popular. (p. 137).

Luego de la muerte de Pezoa, Víctor Domingo Silva escribe un poema titulado A Carlos Pezoa Véliz, del que he tomado los siguientes versos, “Poeta: fuiste grande, y en la orfandad viviste. / Conquistador del verso, sondeaste, hermoso y triste, / zonas de pensamientos y abismos de emoción” (Montenegro, 1912, p.179). En estos versos, se puede advertir que Domingo Silva, rescata el hecho de que el poeta haya vivido en el abandono y descuido, y que a pesar de aquello supo con gran grandeza expresar la realidad del pueblo, de una manera fehaciente, crítica e integradora, pues gracias a su trabajo literario, el pueblo chileno fue tema en la poesía y una realidad concreta en nuestro país.

Sin embargo, Silva Castro (1964), señala que a pesar de la grandeza de nuestro poeta, hay algunos escritores del período que no comprendieron su poesía. Menciona que Mariano Latorre, afirma que Pezoa no es el hombre del pueblo. No es, tampoco, el chileno del campo. Es el tipo modesto de la ciudad, intelectualizado y suprasensible, que, influenciado por la lectura y novelas humanitaristas de Gorki y Tolstoy, se acerca al inquilino, excelente motivo socialista, y deja caer sobre su suerte gruesos lagrimones rimados. En este sentido, Silva señala que, posiblemente, Latorre de acuerdo con la literaturidad del momento, asocia lo popular a lo folklórico, por tanto en la ciudad no sería viable ninguna de las dos cosas.

Luego de haber realizado un análisis exhaustivo sobre los distintos poemas que reflejan la marginalidad y aquellos que representan la voz del pueblo chileno, podemos decir con seguridad, que Carlos Pezoa Véliz puede, sin duda, llevar el nombre o llamarse la voz de los sin voz, pues mediante su poesía, toma al pueblo y lo desnuda para mostrar su realidad, preocupaciones y pesares. Sin duda esto no fue algo fácil de hacer, pero nuestro poeta solo tuvo que encontrar la forma de poder expresar todo lo que él vio y sintió cuando perteneció al mundo marginado, cuando era un ser socialmente olvidado.

Otro rasgo, que es imprescindible mencionar, es que la marginalidad, mediante los períodos de la corta vida literaria del poeta, se presenta de manera distinta y gradual, es decir, empieza con una mayor intensidad en el primer período, y este va disminuyendo en el segundo y tercer período. Sin embargo, estos últimos exponen de mejor manera el quehacer y vivencias del pueblo chileno en general, porque no solo se empodera del mundo rural para representarlo, sino que, con el fin de generar un conocimiento cabal de la realidad de nuestro país,  también describe el mundo urbano y mejor acomodado.

Carlos Pezoa Véliz transformó la poesía chilena, dio un giro a la temática que se venía tratando de hace tiempo atrás. Es quien, podemos decir con seguridad, introduce al pueblo chileno en la poesía y desde ella trabaja una crítica social, económica y política con respecto a la realidad chilena de esa época. Así, con un lenguaje directo y sin tapujos, muestra su descontento ante la miseria en que viven muchos, mientras que otros -los menos- preocupados en sus propias realidades, desconocen aquellas voces de contextos y ambientes distintos, anulando su existencia en todo orden de cosaslogopeke20 El Sismógrafo.-


Notas al pie

[1] Antologador de Alma Chilena, publicado en 1912.

 


Referencias Bibliográficas
  1. Concha, J. (1982). Literatura Chilena: creación y crítica. Los Ángeles, California: De la Frontera.
  2. De Undurraga, A. (1951). Pezoa Véliz: Biografía, crítica y antología. Santiago: Nascimento.
  3. Gelsic, R. (1990). Carlos Pezoa Véliz. El perro vagabundo. Antología. Santiago: Lastarria.
  4. Guzmán, N. (1957). Antología de Carlos Pezoa Véliz. Santiago: Zig-Zag.
  5. Hachim, L. (2005). Carlos Pezoa Véliz: Alma chilena de la poesía. Valparaíso: Universitarias de Valparaíso.
  6. Montenegro, E. (1912). Alma Chilena. Valparaíso: Biblioteca Chilena Moderna.
  7. Montenegro, E. (1968). Mis Contemporáneos. Santiago: Universitaria.
  8. Silva, R. (1964). Carlos Pezoa Véliz (1879-1908). Santiago: Universitaria.

 

Referencias Electrónicas

Rodríguez Fernández, M. (1960). El conocimiento estilístico en la forma exterior de la poesía de Carlos Pezoa Véliz. Anales de la Universidad de Chile, 0 (117), Pág. 137-160. doi:10.5354/0717-8883.1960.19037.


 

Daniela Troncoso Sepúlveda
Estudiante de Pedagogía en Castellano y Comunicación

Estudiante de pregrado en la Universidad del Bío-Bío, sede Chillán. Carrera Pedagogía en Castellano y Comunicación.

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