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“La vida ¿simplemente?” de Oscar Castro y su dimensión política

 lineasdetextosTiene la novela “La vida ¿simplemente?” de Oscar Castro,  una importante dimensión política en su narrativa.

diego

sobre Óscar Castro se conoce poco y es quizás uno de los escritores más promisorios, pero que tristemente tuvo la visita aciaga de la muerte prematura (murió a los 37 años). Acerca de su vida, podemos encontrar su “Epistolario”: una colección de cartas del autor a su querida esposa Isolda Pradel (el seudónimo de escritora) y también misivas dirigidas a sus amigos. También sabemos que fue cercano al anarquismo, aunque nunca militó activamente, pero sí era conocido por su desprecio a los políticos. Su ciudad natal era Rancagua y en ella vivió casi toda su vida, pero debido a su trabajo – precario, por cierto- tuvo que mantener viajes constantes entre Santiago y esta.

castro y tíoRespecto a su actividad cultural, hay información bastante relevante para el estudio del autor y de la literatura nacional. Como, por ejemplo, su rol en el grupo literario “Los Inútiles” de Rancagua, en donde desarrolló vastos artículos en la revista del grupo. También muy importantes fueron sus publicaciones en la Editorial Nascimento, que en su mayoría eran poesías.

Sin embargo, de todas las obras de Castro, analizaremos un libro bastante particular y con un fuerte contenido social y emocional: La vida simplemente es una novela escrita en 1951, y en ella retrata la vida de Roberto, un niño que vive en una población en condiciones miserables, rodeado de conventillos, acequias, prostíbulos, cantinas, mataderos, etc. Sobre los prostíbulos, es en este lugar donde comienza la primera parte de la historia “La casa del farol azul”, en la que relata las vicisitudes de Roberto en torno al prostíbulo y las cosas que le toca ver, sentir y llorar en torno a su trabajo como “niño de los mandados”.

La segunda parte “La vida tiene otros caminos” relata la salida de Roberto del ambiente del prostíbulo y la entrada de este en el mundo escolar, con su ingreso al colegio, auspiciado por su tío Antonio –en grado lejano- que decide hacerse responsable de la educación de su sobrino, a cambio de que ayude a su hijo a estudiar. En la segunda parte, Roberto se enfrenta a otro mundo, a uno bastante lejano del primero, se enfrenta a la élite, a los sacerdotes, a las personas refinadas y reputadas de la sociedad santiaguina de primera mitad de siglo XX.

la vida simplemente 2Tanto la primera como segunda parte forman un corpus bastante interesante, a través del cual analizaremos a Óscar Castro, pues, ante todo, La vida simplemente es una obra literaria de una profunda sensibilidad social de la cual desprendemos tres grandes tópicos: “Pobreza y conflictos sociales”, “Iglesia y religión” y “Política y gobierno”.

Sobre el primer punto, es donde hay mayor presencia en toda la obra, es más, el libro parte haciendo referencia al prostíbulo, al barrial y a la precariedad de vida:

“El tren de los mineros pita tres veces cuando las primeras casas del pueblo surgen en la distancia. La calle que corre paralela a la vía férrea –la última de la ciudad por el sur- empuja rostros curiosos a cada ventana y a cada puerta. Surge el muchacho desharrapado y mugriento a quien el alarido del silbato y el resoplar de las calderas hizo abandonar su trompo en el patio interior [del conventillo].”[3]

Este párrafo es bastante gráfico, ya que nos habla de la importancia de la actividad minera para los sectores bajos de la sociedad, en donde los hombres de una familia se iban a la mina a probar suerte, y volvían después de meses:

“Son las tres y quince minutos. En las ventanillas de los vagones aletean manos morenas; otras manos responden desde abajo; y el trencito, más que vidas humanas, lleva una carga de esperanzas.”[4]

Respecto al prostíbulo, escenario principal de la primera parte, el relato se torna aún más crudo, mezclando el lenguaje de un cuento infantil, con una novela policíaca y un relato erótico, todo unido bajo el realismo literario impreso por Castro de forma genial y contundente. Es así que Castro nos acerca al mundillo del prostíbulo y sus vicisitudes: el amor, la codicia, la pasión, la violencia, sueños frustrados, la ingratitud, la lealtad y otros aspectos que sería largo mencionar.

En uno de los tantos relatos a los que nos introduce Castro, hay quizás dos que nos sirven para graficar lo anteriormente expuesto: el primero es sobre la golpiza recibida por Roberto y María Hortensia (una prostituta de la cual Roberto estaba enamorado) a manos de un cliente:

“Allí me quedé, pegado al cuerpo tibio de la mujer, divisando sólo las piernas peludas y casposas del hombre (…) Al inclinarse para coger los calcetines, asomó el rostro para decirme: – ¡Si se te ocurre salir, te saco la mugre! (…) Por fin los pies se encaminaron hacia la puerta. Antes de irse, su voz volvió a tronar: – ¡Y nunca más que vuelvo a esta casa! ¡Ladronas de …!”[5]

Sin embargo, el relato no termina con la salida del agresor, después de este hecho es cuando Castro nos muestra una escena más dura, más crítica y potente:

“- Acércate – me dijo. Su rostro estaba duro, pero en sus ojos había una ternura (…), un rencor, unos deseos de llorar. (…) Yo captaba solamente algunas palabras y lo demás se me escapaba. “Desgraciados… Todos iguales… Esta vida de porqueríaPagan y creen que tienen derecho a todo… (…)” Me miró como queriendo que yo la comprendiera: -Una no debía haber nacido nunca…, nunca… (…) Se sentó lentamente. Levantó las rodillas. Apoyó la cabeza en las manos. -¡Vida de mierda! –dijo.”[6]

Este párrafo deja escapar sutilmente una crítica a la sociedad en la que vivía Castro, pues el carácter de la frase: “Pagan y creen que tienen derecho a todo” se entiende más aún si sabemos sobre la militancia anarquista de Castro. Evidentemente, el autor realiza una crítica a la sociedad capitalista en la que le toca vivir.

Las críticas no van sólo contra el sistema económico y político, sino también contra los carabineros. Esto se expresa en el episodio donde Lucinda Zapata, una chica que vivía en el conventillo, camino al trabajo es salvajemente violada por un grupo de rapaces. Este macabro episodio prosigue con la información, que le es llegada a la madre de la víctima, a manos de los carabineros del lugar, ya que Lucinda yacía en el Hospital producto de la violación y los golpes:

“El policía se encaró con ella [la madre de Lucinda]: ¿Usted es la madre de la menor… (…) Lucinda Zapata? – Sí – contestó la mujer, echando hacia adelante la cabeza, como si agrediera -. Sí, yo soy. ¿Por qué? El policía se sintió provocado y quiso abatir aquella soberbia con una información aplastadora: – Porque esta mañana la pescaron entre cuatro en un pajar de la calle Zañartu. Ahora está en el hospital. (…) – ¡Y ustedes! ¡Para qué están ustedes! –bramó ella, increpando al uniformado-. ¡Tomando que se lo pasan, tomando, tomando en vez de defender a los pobres! (…) – ¡Y usté, vieja de porquería!…, y usté… ¿qué quería que hiciéramos…?”[7]

Este relato de por sí conmovedor, nos deja varios elementos para el análisis como, por ejemplo: “¡Para que están ustedes!” nos expresa cómo el autor a través de Verónica –la madre de Lucinda- increpa a los carabineros y nos muestra una imagen lapidaria de los carabineros. Este punto se reafirma con la otra frase, muchísimo más dura respecto a la anterior: “tomando en vez de defender a los pobres”. Esta acusación recrimina directamente el actuar de carabineros, recreando automáticamente una relación antagónica entre los pobres y los carabineros.

Ya en el último tópico de análisis de esta obra: “Iglesia y religión”, la obra de Castro se torna confusa, puesto que es difícil distinguir contra quien tiene conflicto o con quien tiene simpatías: con la religión o la iglesia.

Respecto la iglesia, como institución, ésta es representada en el colegio católico al que asiste Roberto:

“Un día, el hermano Antonio –así se llamaba nuestro profesor- me puso a un lado mientras pasaba la revista de aseo. (…) Vino a mí con el puntero a la espalda y me ordenó que levantara los brazos. Cuando hube cumplido la orden, me introdujo la punta del puntero por entre las hilachas del codo y me cosquilleó el sobaco. –Miren, miren a éste –dijo con el más festivo de sus tonos. Y luego a mí-: Hijo, pues si ya vas pareciendo un colador con tanto agujero. Vuélvete.”[8]

Pero las humillaciones a las que se vio perjudicado el pobre muchacho no terminaron ahí… En ese sentido, Castro hace hincapié en el acto discriminatorio del sacerdote católico:

“Comprendí que deseaba exhibir ante la sala los parches de mis pantalones y me atraqué a la muralla. (…) Me prometí interiormente no someterme a la humillación aunque me matara a golpes. (…) Entonces me cogió por los hombros, y, a pesar de mis pataleos me presentó de espaldas a mis compañeros. (…) -¿Qué clase de madre tienes que no se ocupa de ti? Vas a decirle que eres alumno del Instituto Marista, ¿entiendes?, y que al Instituto se viene como persona decente y no como un gandul cualquiera. ¡Hala, a tu puesto y que te sirva de lección!”[9]

Concluida la humillación a la que fue objeto el joven Roberto, Castro concluye con el más sutil de los sarcasmos:

“Yo fui a sentarme y por entre las manos unidas con que cubría mis lágrimas y mi vergüenza lo escuché comenzar la clase: -Hablaremos hoy día de las virtudes teologales…”[10]

rostro castroLa crueldad a la que fue víctima Roberto, es complementada con una serie de palabras que agudizan la situación, tales como “dijo con el más festivo de los tonos”, “¿qué clase de madre tienes (…)?”, “Instituto Marista”, “gandul cualquiera”, “que te sirva de lección” y “virtudes teologales”. Las torturas psicológicas y tratos traumáticos son relacionados con la Iglesia y la religión, pero lo curioso es que los conflictos que tiene el autor son con la Iglesia, pero no con su Dios. Sin lugar a dudas, el contraste que realiza Castro entre el maltrato y las “virtudes teologales” deja entrever –como ya hemos expuesto- el sarcasmo y la postura crítica del autor.

La última categoría “política y gobierno”, es donde hay mayor sutileza por parte del autor, y para identificar esta categoría hay que relacionar y vincular su vida personal, el trayecto del relato y la vida del autor. Sin considerar estos tres puntos, se puede dar a lugar diversas interpretaciones. En el relato, Roberto Lagos concurre a la casa de su amigo Edilberto, que proviene de una casa acomodada, representantes de la oligarquía de comienzos de siglo. Esta escena posee dos situaciones sutiles de análisis, por un lado:

“Por fin se terminaron los dulces y Edilberto me convidó a su cuarto. (…) Adentro estaban los tesoros de mi amigo: aviones, cornetas, locomotoras, soldados, cañones, grúas (…) Edilberto no me dejaba tranquilo mandando y disponiéndolo todo (…) Quería ser el jefe y el director de todo.”[11]

Si bien es cierto, la cita anterior nos habla de un juego de niños, la diferencia entre clases sociales se hace evidente. ¿O tal vez era un simple juego de niños? Eso se puede apreciar más adelante en la novela.

Concluidos los juegos, los niños (Edilberto y Roberto) van a comer junto con el resto de la familia de Edilberto, y en plena comida:

“- ¿Saben? -dijo de repente- Roberto sabe recitar y lo hace muy bien. Los caballeros, que hablaban de política y negocios (…)”[12]

Más allá de la mera conversación de sobremesa sobre política, la intencionalidad del autor se torna más evidente siguiendo con el relato, el cual nos entrega información que podemos complementar:

“Terminé [de recitar] con la sensación de haber estado gritando solo en medio de la calle, como un “canuto” de los que se paran en las esquinas. (…) Los dos caballeros continuaron hablando de ministerios y otras cosas graves. (…) Cuando ya iba a sentarme, el tío Eduardo me llamó con un gesto de su dedo índice y sin dejar su conversación me puso en la mano una moneda de peso.”[13]

Sumando todo lo que hemos expuesto, perfectamente podemos plantear varias cosas: 1.- Las diferencias socio-económicas estaban ligadas a las diferencias en las relaciones de poder (un niño “mandonea”, el otro obedece, o al menos debe hacer eso); 2.- Las discusiones de sobremesa abordaban temas políticos de interés nacional, y lo más probable es que la familia de Edilberto tuviese cargos en la administración del Estado; 3.- Lo último, es el trato que recibe Roberto por parte del familiar de Edilberto, y la limosna que le entrega, aparte de ser una ofensa (al menos desde la visión de Roberto), revela el trato hacia una persona de un estrato socioeconómico –evidentemente- bajo, expresado en un cierto paternalismo.

En conjunto, la obra de Castro -mezcla entre biografía y novela- esconde una profunda crítica social hacia el abuso de autoridad, la oligarquía, la violencia, los vicios y el rol de la iglesia en la educación. En otras palabras, una crítica a la sociedad chilena.

Notas

[1] Para mayor referencia sobre ideología, poder y discurso, véase: Van Dijk, Teun. Discurso y poder. Contribuciones a los estudios críticos del discurso. Gedisa. Barcelona. 2009; Van Dijk, Teun. Ideología. Un enfoque multidisciplinario. Gedisa. Barcelona. 1999; Van Dijk, Teun. La ciencia del texto. Paidós. Barcelona. 1983.

[2] Para un estudio más profundo de la interrelación entre discurso y texto, además de los textos ya citados de Van Dijk, Véase: Rastier, François. “Discurso y texto”. en Literatura y lingüística. 19. págs. 295-300.

[3] Castro, Óscar. La vida simplemente. s/e. Santiago. 1951. pág. 15.

[4] Ídem.

[5] Ibíd. pág. 44.

[6] Ibíd. págs. 45-46.

[7] Ibíd. págs. 66-67.

[8] Ibíd. pág. 121.

[9] Ídem.

[10] Ídem.

[11] Ibíd. págs. 136-137.

[12] Ibíd. pág. 139.


 

Diego Venegas Caro
Licenciado en Historia

Licenciado en Historia en la Universidad Católica de la Santísima Concepción, sede San Andrés. Candidato a Magíster en Historia, Universidad del Bío-Bío. Ha escrito columnas sobre temáticas históricas en diarios nacionales.

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