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“A LO PROUST”: los peligros de escribir en cama

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lilaaz1“La primera vez que un novelista amigo me dijo sonriendo que escribía en la cama “à la Proust” (“a lo Proust”), estaba sorprendida por su satisfacción. Un momento más tarde me di cuenta: Yo, también, estoy desde hace varios meses escribiendo en la cama”

por el camino de Swann  fue publicado el 14 de noviembre de 1913. Dos días antes, el periódico  Le Temps  publicó una “entrevista” con Proust. Esta entrevista fue una falsificación. Fue escrita en su totalidad por el mismísimo Proust. Su encabezado es el siguiente:

En las habitaciones cuyas tonalidades casi siempre están cerradas, el Sr. Marcel Proust se ha quedado tendido. La luz eléctrica acentúa su tez mate, pero dos ojos admirables llenos de vida y fervor exudan luz bajo una frente enterrada debajo de su pelo. El Sr. Marcel Proust sigue siendo un esclavo de la enfermedad, pero ya no se puede percibir cuando el escritor, habiéndole preguntado para que explicara su obra, se anime y hable.

¡Que tierno narcisismo expele a través de estas líneas, escrito, sin duda, por el propio Proust, como preámbulo a una entrevista consigo mismo! Y  aun esas palabras tienen el poder de permanecer, puesto que cada littérateur quien languidece en la cama no puede dejar de pensar en la tez enfermiza de Proust, en sus pulmones asmáticos y sus ojos brillantes, y en su estampa repentinamente animada. Lo confieso. La primera vez que un novelista amigo, me dijo sonriendo que escribía en la cama “à la Proust” (“a lo Proust”), estaba sorprendida por su satisfacción. Un momento más tarde me di cuenta: Yo, también, estoy desde hace varios meses escribiendo en la cama. Ya sea totalmente acostada, con solo mi cabeza levantada y mi ordenador portátil en las piernas. O sentada, con media docena de almohadas apiladas detrás de mí. No sé cómo empezó. No solía ser así. No puedo poner una fecha precisa a la misma. Tan solo unos meses. Tal vez un año.

Creo que empezó porque mi mesa estaba llena de libros, donde era imposible encontrar un espacio para mí misma, y por todas partes parecía haber ya demasiados libros acostados en el suelo. Cada vez que hecho un vistazo hacia el escritorio, siento una ligera sensación de opresión. Así que un día me quedé en la cama. El invierno pasado, cuando empecé, hacía frío afuera. Me gustaba saltar de la cama, hacerme rápido un té y unas tostadas, y saltar de nuevo, dejando a mano la bandeja en el suelo.

El desayuno duró para siempre, y la escritura parecía brotar con más facilidad y fluidez de lo que resultaba en el escritorio. Las personas que visitaron el apartamento, vecinos, amigos, operarios, parecían consternados al encontrarme bajo las sábanas tan tarde como las 17:00 o 18:00 horas, rodeada de documentos, pasteles y copas a medio llenar. Recuerdo sentir una necesidad apremiante de justificarme ante el fontanero una tarde. “Yo, yo soy escritora…”, le expliqué con timidez. Me dio una mirada escéptica (la que básicamente significaba “¡ya…vale niña!… ¡como tú digas!”) y murmuró algo acerca de las tuberías de la cocina. A continuación, pensé que con el tiempo este régimen seguramente resultaría ruinoso, insalubre e indigno de una nacida francesa pero estadounidense en que me había convertido en los últimos doce años más o menos … Por lo tanto me puse a hacer ejercicio hacia el final de la tarde y a ver a mis amigos en la noche.

Al día de hoy, y ya que estoy escribiendo esto, continúo escribiendo en la cama. Mis ventanas están a menudo muy abiertas a causa del calor de 110 grados [Fahrenheit, unos 44 grados Celsius] en los apartamentos de Nueva York en el invierno, y como el tiempo ha estado en Manhattan, casi todos los días, hay sol.

Todavía estoy poseída por una abrumadora sensación de vergüenza cuando la gente, a mí alrededor, se queja de los largos desplazamientos y la vil política de oficina. Tengo mis propios demonios contra los que luchar, por supuesto -el terror diario de no escribir nada de valor y belleza, la tortura de largas horas agonizando sobre dos o tres frases, o solamente sobre un pequeño grupo de palabras, este tenaz sentimiento de ser una tonta acróbata deslizándose sobre el delgado aire- pero en muchos días, estoy secretamente agradecida de que mi colchón, sin que nadie sepa, sea una alfombra voladora. logopeke20 El Sismógrafo.-

swann’s Way was published on November 14, 1913. Just two days before, the newspaper Le Temps printed an “interview” with Proust. This interview was a fake. It was entirely written by Proust himself. Its heading read:

“In the rooms whose shades are almost always shut, Mr. Marcel Proust is lying down. The electric light accentuates his matte complexion, but two admirable eyes full of life and fervor exude light under a forehead buried beneath his hair. Mr. Marcel Proust is still a slave to illness, but one can no longer sense it when the writer, asked to explain himself on his work, becomes animated and speaks.”

What tender narcissism transpires through these lines, written, no doubt, by Proust himself, as a preamble to an interview with himself! And yet what staying power they have, these words, as every littérateur who languishes in bed cannot but think of Proust’s sickly complexion, asthmatic lungs and glinting eyes, his suddenly animated pose.

I confess. The first time a novelist friend told me, with a smirk, that he wrote in bed “à la Proust,” I was taken aback by his smugness. A moment later it hit me: I, too, have for several months been writing in bed. Either fully lying down, with just my head propped up and my laptop on my legs. Or sitting up, with half-a-dozen pillows stacked behind me. I don’t know how it started. I didn’t used to be this way. I can’t put a precise date to it. Just a few months. Maybe a year.

I think it began because my desk was crammed with books, it was impossible to find a space for myself, and there seemed to be already too many books lying on the floor, everywhere. Each time I glanced towards the desk, I felt a slight sense of oppression. So one day I stayed in bed. It was cold outside when I began, last winter. I would hop out of bed, make myself a quick tea and tartines, and hop back in, tray handy on the floor.

The breakfast lasted forever, and the writing seemed to flow with more ease and fluency than it did on the desk. The people who visited the apartment, neighbors, friends, handymen, seemed dismayed to find me under the covers as late as 5 or 6PM, surrounded with papers, cakes and half-filled cups. I remember feeling a pressing need to justify myself to the plumber one afternoon. “I, I am a writer… “, I explained sheepishly. He took one skeptical look at me (which basically meant “yeah right, KID!”) and mumbled something about the kitchen pipes. Next, I reasoned that in time this regimen would surely prove ruinous, unhealthy and unworthy of the French-born American I had become over the last twelve or so years… Hence I set about exercising towards the end of the afternoon and seeing my friends at night.

Foto: Marcelo Correa
Foto: Marcelo Correa

To this day, and as I am writing this, I continue to write in bed. My windows are often wide-open because of the 110-degree heat in New York apartments at wintertime, and as the weather in Manhattan goes, on most days, there is sunshine.

I am still possessed with an overwhelming sense of embarrassment when people around me complain of long commutes and vile office politics. I have my own demons to fight, of course – the everyday terror of failing to write anything of worth and beauty, the torture of long hours agonizing over two or three sentences, or only a little cluster of words, this tenacious feeling of being a witless acrobat gliding over thin air – but on many days, I am secretly thankful that my mattress, unbeknown to most, is a flying carpet.  logopeke20 El Sismógrafo.-




(*) Traducción: Edison Carrasco Jiménez

Traducción y publicación aprobada y autorizada por la autora.


Lila Azam Zanganeh
Escritora |

Nació en París de padres iraníes. Después de estudiar literatura y filosofía en la Escuela Normal Superior, se trasladó a los Estados Unidos para enseñar literatura, cine y lenguas romances en la Universidad de Harvard. En 2002, comenzó a contribuir con artículos literarios, entrevistas y ensayos de una serie de publicaciones de EUA y Europa, entre algunas The New York Times, The Paris Review, Le Monde y La Repubblica. Su primer libro "El encantador: Nabokov y la felicidad" ha sido publicado en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Holanda, Italia, España, Rusia, Alemania, Brasil, China.

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